Al-Andalus Y Narciso: Sobre Los Negacionistas De La Conquista Musulmana De La Península Ibérica

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La batalla de Guadalete, de Salvador Martínez Cubells. (Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid).

Alejandro García Sanjuán, Maestro de Historia Medieval, ya ha combatido las teorías que niegan la conquista musulmana de la Península Ibérica con su obra La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado: Del catastrofismo al negacionismo (Marcial Pons, 2013). Tras publicar el pasado jueves en XX Siglos un artículo de uno de los defensores de esas teorías, Emilio González Ferrín, Hoy tiene la palabra este medievalista que responde con dureza esas ideas.

Al-Andalus y Narciso

Alejandro García Sanjuán | Maestro de Historia Medieval. Universidad de Huelva

En el año noventa y dos del calendario islámico, 711 de nuestra era, conjuntos de contingentes beréberes cruzaron el Estrecho de Gibraltar y vencieron al último rey visigodo de Toledo, Rodrigo. Poco Después, el gobernador de Qayrawan, Musà ibn Nusayr, se dirigió a la Península con combatientes árabes para seguir el proceso de conquista, que supuso la integración de buena una parte de dicho territorio en los dominios del Califato Omeya de Damasco. Este fue el origen de al-Andalus, un país árabe Y también islámico en la península ibérica A lo largo de los siglos VIII al XV.

La recepción que esta entidad histórica ha tenido en la cultura española ha sido de lo más variopinta, no estando exenta de manifestaciones exóticas y disparatadas, algunas de las que llegan hasta la actualidad. Para los historiadores decimonónicos, imbuidos de la profunda identidad entre España y el catolicismo, al-Andalus fue simplemente la ‘anti-España’, destruida por la gloriosa empresa nacional de la ‘Reconquista’. Para contrarrestar esta visión excluyente brotó otra, igualmente imbuida de nacionalismo, Mas de signo contrario, expresada Mediante la idea de la ‘España musulmana’: al-Andalus habría sido solo otra forma de ser ‘españoles’.

Las lecturas identitarias del pasado forman parte del viejo concepto decimonónico de la historia, El día de hoy fuertemente denostado. Se trata de discursos muy efectivos, Puesto que apelan a emociones asociadas a las identidades colectivas. El inconveniente es que representan una profunda tergiversación del pasado, Puesto que se basan en una falsa idea de continuidad. Las identidades no son esencias inmutables que atraviesan el tiempo. Pretender que los españoles del siglo XXI ‘fuimos’ algo, colectivamente, en tiempos remotos, no es más que una burda falacia carente de cualquier tipo de argumento científico y dirigida a embaucar a lectores en permanente estado de adolescencia mental, dada su dependencia de dosis de refuerzo que les permitan confirmar su identidad.

Dada la naturaleza fraudulenta de este tipo de propuestas, sus promotores se ven inevitablemente abocados a recurrir a fake news, algunas tan irrisorias como la que pretende que la conquista musulmana de la Península es un ‘cuento’. El disparate no es, en absoluto, novedoso. Su origen se remonta a La revolución islámica en Occidente (1974), obra de Ignacio Olagüe, un simple aficionado que, al carecer de preparación suficiente para comprender las fuentes históricas, decidió que era mejor prescindir de ellas. Olagüe aplicaba, De este modo, a la historiografía el precepto que regula la elaboración de fake news: ‘no dejes que la realidad te estropee un buen titular’.

En realidad, todos y cada uno de los historiadores saben que las evidencias que acreditan ese proceso histórico son tanto literarias (latinas y árabes) como arqueológicas. Entre las puramente coetáneas se hallan las primeras series de acuñaciones monetarias realizadas por los conquistadores. Los llamados ‘dinares bilingües’, fechados en 716-717, son monedas escritas en árabe y latín que incluyen el nombre ‘Al-Andalus’ y la referencia a Mahoma como ‘enviado de Dios’ (rasûl Allâh). Apenas diez años después de su llegada (desde 720), los conquistadores ya solo acuñaron monedas exclusivamente árabes, idénticas a las del califato Omeya de Damasco, que incorporaban leyendas coránicas.

Más últimamente, la Universidad de Granada ha publicado un excelente catálogo de sellos y precintos con inscripciones árabes que acreditan la actuación conquistadora de los musulmanes, incluyendo referencias a pactos de capitulación con los magnates locales y a la captura y reparto del botín. Asimismo, en 2001 se descubrió en Pamplona la más antigua necrópolis musulmana de la Península, datada Por medio de pruebas radiocarbónicas en el siglo VIII. Los cuerpos se depositan siguiendo el ritual islámico, Esto es, directamente en la fosa, sin ajuar, y decúbito lateral derecho (apoyados sobre el hombro derecho) y con orientación SO-NE, con la cara mirando al SE.

Todo esto no es nada nuevo para historiadores, arqueólogos y arabistas que se dedican al estudio de la historia de al-Andalus y que saben que las ideas de Olagüe no son más que un vulgar fraude historiográfico, meras ocurrencias que representan una forma de revisionismo histórico vinculada a tendencias ‘negacionistas’. Pese a ello, desde hace ya múltiples años, ciertos sectores están haciendo su agosto a costa de fomentar este fraude. Al frente de los mismos se encuentra la editorial cordobesa Almuzara, propiedad del exministro Manuel Pimentel, reconvertido en paladín de Blas Infante a causa de su salida del gobierno de Aznar. Siguiendo las ideas del fundador del andalucismo, Pimentel lleva años pretendiendo vender ‘el al-Andalus que llevamos dentro’.

La difusión del conocimiento del pasado representa, a priori, una tarea encomiable. Aun la publicación de productos fraudulentos como La revolución islámica en Occidente podría tener un indudable valor pedagógico, Siempre y cuando se advirtiera previamente al lector de su alta toxicidad. Tampoco parece aceptable lucrarse a base de vender obras que, Aunque se presentan bajo el marchamo académico, no son más que subproductos historiográficos y que, Si bien se venden como ‘alternativos’ y novedosos, lo que cuentan es lo mismo de Siempre.

Los sectores que promueven estas supuestas visiones ‘alternativas’ del pasado pretenden, supuestamente, refutar viejas nociones como la de ‘Reconquista’, pilar conceptual del rancio discurso nacionalcatólico españolista. Nada más lejos de la realidad. Para comprobar lo mucho que se parecen a quienes pretenden oponerse, baste recordar que Sánchez-Albornoz, el más nacionalcatólico de nuestros historiadores del siglo XX y máximo apologista de la Reconquista, dijo hace años que el cordobés Ibn Hazm era ‘el eslabón morisco de la cadena que une a Séneca con Unamuno’.

Estos vendedores de humo (nacionalcatólicos O no, da igual) son, Realmente, auténticos expertos en ciencias ocultas, capaces de descubrir nuestro ‘yo’ (el suyo, el mío y el de todos) en el más allí. No resulta extraño, En consecuencia, que entre los crédulos seguidores de patrañas como las de Olagüe se cuenten los aficionados al esoterismo, el ocultismo y las teorías de la conspiración, esos que agradan de hacer viajes interestelares sin salir de casa subidos en la ‘nave del misterio’.

Mas lo más grave de todo este lamentable y patético embrollo no son los aficionados al esoterismo, los expolíticos que cambian de chaqueta O bien las editoriales que se dedican la venta de productos bibliográficos tóxicos. Lo Verdaderamente grave es que haya sectores académicos que crean que participar en este circo les resulta rentable. Como narra la historia legendaria, Narciso, perdidamente enamorado de sí mismo, murió ahogado en el agua, a la que cayó perturbado por su propia contemplación.

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