Al Servicio De Su Majestad

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SI Quieres un amigo cómprate un Cánido, dice el refrán incrédulo de un tiempo de desafecciones y desengaños; empero, todo el Planeta desearía tener un amigo como el que fue para Don Juan Carlos Manuel Prado y Colón de Carvajal. Se decía a sí mismo «un Can del Rey»: de raza noble, de una fidelidad servicial, inmutable, de una confianza hermética, de una discreción a prueba de quebrantos. Hombre para todo, mina de secretos, agenda de contactos, depositario de confidencias; intendente privado, consejero económico, colaborador político, explorador de misiones delicadas y escolta en los complejos pasillos del dinero y del poder. Un servidor, un asistente, un embajador y, cuando hizo falta, un cortafuegos.
Con Sabino Fernández Campo, desaparecido con apenas un mes de diferencia, y Torcuato Fernández Miranda, Prado formó el breve cinturón pretoriano del que se rodeó el joven monarca en el frágil instante liminar de la restauración dinástica y el desmontaje del franquismo. Torcuato puso la ingeniería jurídica, Sabino la administrativa y él la diplomática. Aquellos tipos se enfrentaron al vértigo de un salto en el vacío cohesionados por un común sentido de lealtad a la Corona y al Rey, y encontraron en el arrojo y la audacia de Suárez -el único que sobrevive Si bien perdido en el bosque de la desmemoria- el correlato político necesario para dar forma a un proceso histórico milagrosamente indemne de fracasos.
De todos ellos fue Manuel Prado el que se movió Siempre en el plano más ambiguo y Quizás más íntimo, difuso En ocasiones entre las luces de sus servicios al Estado y las penumbras de su propia actividad de negocios. En los años noventa, en el tiempo convulso de los escándalos de De la Rosa, Conde y los Albertos, le alcanzaron esquirlas de la metralla del escándalo y conoció la soledad penitenciaria sin que se alterase su silencio, a expensas del manuscrito memorial que el ex- ministro Pimentel guarda a la espera de que se desactive el potencial incómodo de su testimonio. Polémico Siempre y en todo momento por la condición imprecisa de su papel delegado, por sus movimientos entre bambalinas, por sus gestiones secretas, asumió con un orgullo arrogante ese rol antipático de hombre en la sombra y se mantuvo firme en las horas amargas que propiciaban la tentación turbulenta del morbo, el cotilleo O la alharaca. Lo pasó mal sin mover un músculo, sin derrotarse, con una determinación pétrea, con una entereza correosa, con un estoicismo zen.
Figuras como la suya provocan la fascinación de lo oculto, el esoterismo del misterio, Mas También la admiración de lo leal. Y en esta época de gratitudes efímeras, de compromisos volátiles, de observancias quebradizas y chismorreos superficiales, suscitan una inevitable sugestión de contraste por su impenetrable, estanco, veterano concepto de la caballerosidad a contraviento de inclemencias y hasta de tempestades.

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