El Arte De Dudar Del Arte

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El arte del siglo XX limita al Norte con Picasso y al Sur con Dos Marcel. Uno de ellos es icono de modernidad: Duchamp. El otro, un fugitivo del canon: Broodthaers. Y a este último, belga nacido en 1924 y Muerto en Alemania en 1976, dedica el Museo Reina Sofía de Madrid la más amplia retrospectiva de las que hasta ahora le concedieron sitio y foco.

Broodthaers es un tipo extravagante, ceñido a esa condición de hombre en fuga cuyas ideas del arte traspasan primeramente el arte mismo y después cualquier protocolo, cualquier reglamento, cualquier trampantojo de cuantos adornan el proceloso y líquido ámbito de lo contemporáneo. Empezó como poeta. Un poeta de hacer lento, de economía frágil, de concentración y hermetismo. Y a los 40 años cambio de rumbo. Decidió pasar del poema a la poesía visual. Al arte, al desafío. La nueva aventura Sólo duró 12 años, hasta la muerte. «Tiempo suficiente para fijarse en el ámbito del arte contemporáneo y desbancar la ortodoxia de cuál es el papel del artista», explica Manuel Borja-Villel, directivo del Reina Sofía y comisario de la muestra junto a Cristophe Cherix.

La exposición, organizada en colaboración con el MoMA y abierta hasta el 9 de enero, reúne trescientos piezas de Broodthaers y da cuenta de Cómo su trabajo se ubica en los intersticios, en las zonas de sombra, en el espacio de grieta que queda una vez que la convención y la institución todo lo ahorma. La pintura, el artefacto, la instalación, el cine y la poesía conviven en una sugerente ceremonia de confusión. Todo es todo y al unísono podría no ser lo que creemos. No es esoterismo ni afán jeroglífico, sino más bien una voluntad irrenunciable de cuestionar lo que semeja inalterable de cada época. En su caso, el conceptual, el minimal y el pop fueron bisontes a abatir. Sus piezas con cáscara de huevo, restos de mejillones O bien patatas fritas son la reinterpretación sarcástica de aquel movimiento.

«No hay duda de que fue un poeta toda la vida.

Sus juegos (Quizás hazañas) orbitan ideológicamente del lado subversivo de Baudelaire, de Mallarmé, de Magritte. Una tríada a la que Broodthaers mantenía devoción y lealtad. «No hay duda de que fue un poeta toda la vida. Principalmente, poeta. Y entiende los objetos del modo en que las palabras están en los poemas», apunta Borja-Villel. «Cada vez que mostramos su obra esta genera un nuevo significado».

El tiempo ha ido ensanchando el espacio inconcreto de Marcel Broodthaers. El suyo es un territorio difícil de definir, donde la obra se hace performativa y Sólo se completa con el espectador. Aproximadamente lo que es el arte, la literatura, el cine, Mas en su caso con una intención de enredar, de hacer dudar que sobrepasa géneros para establecer un Sólo país donde todo sucede: su ironía y su desacato.

En su casa inauguró museo propio, afianzado en la sospecha de que todo espacio expositivo es de algún modo un perímetro de ficción. No era más que la aspiración a confirmar un fracaso precioso que lo emparenta con otro de los caladeros de su juventud, el grupo surrealista de Bruselas, donde el concepto de museo portátil adquirió prestigio entre una ínfima minoría. La Documenta 5, la mítica de 1972, disparó su condición de artista incalculable y desde entonces, en los últimos años de vida, Broodthaers extremó su trabajo. El cine fue También patrón oro de su ideario. Generó más de 50 películas (entre originales y revisiones de la propia obra) que conforman una poética donde se concentra bien su Mundo de combinaciones expresivas.

Tenía por lema una certidumbre propia: «En el Mundo contemporáneo el campo de batalla Siempre es el del enemigo». Y el contrincante Siempre y en todo momento es, en cualquier caso, el tiempo. Marcel Broodthaers quedó por 20 años difuminado del cauce primordial del arte contemporáneo, Pero en los noventa empezó el proceso de exhumación, recuperando baldosas y asumido como faro de costa de ciertos jóvenes artistas europeos de entonces, que hallaron en la expedición del belga la dosis exacta de insurgencia que requería su ánimo.

El concepto de vacío ronda esta obra. Y la concepción política del arte Asimismo se aloja en la raíz de su pensamiento crítico. Se trata de poner del revés las normas aceptadas, de encontrar sitio en sus costuras, de hallar la trampa. Los movimientos estudiantiles y sociales de 1968 reforzaron su desconfianza en las instituciones. De ahí viene todo. Por el hecho de que dudar, Al fin y al cabo, es el único argumento de la obra. De ahí que sigue en pie Marcel Broodthaers.

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