El Gozo De La Culpa

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El Gozo De La Culpa

Muere en Córdoba, a los noventa y seis años, el poeta Pablo García Baena, último protagonista del grupo ‘Cántico’ y Premio Príncipe de Aturias de las Letras.

Un andaluz exquisito (qué poco se emplea ya esta palabra, qué difícil acoplarla a un nombre).

Pablo era el último de los poetas del conjunto Cántico. Pablo García Baena. Aunque él era Pablo, sin más razón social que el nombre. Un andaluz exquisito (qué poco se emplea ya esta palabra, qué difícil acoplarla a un nombre). Uno de los poetas más hondos y ricos de palabra en la segunda mitad del siglo XX. Un poeta de silencios que impulsa una escritura de mucha música, con una capacidad prodigiosa para llevar más lejos el idioma, su arcabuz de oro. A los noventa y seis años Pablo muere en Córdoba, Mas sigue siendo el portador de una inteligencia serena, de un misterio y de una finísima ironía. Deja un libro de poemas inédito y hasta el final ha mantenido en pie la memoria como algo más que un caladero de nostalgias. La memoria y la audacia que le llevó a Hablar con una libertad pulcra y firme, de partidario de la sensualidad y de la belleza que cabe en el festival de un cuerpo joven.

Varias generaciones abrevan en la escritura de Pablo y de los otros compañeros de viaje que fundaron en la astillada posguerra una revista de nombre levítico: ‘Cántico’. Eran Ricardo Molina, Julio Aumente, Juan Bernier, Mario López. Y con ellos los pintores Miguel del ética y Ginés Liébana (ya sí que el último de la cofradía), sin olvidar la complicidad más lejana de Rafael Álvarez Ortega. En 1947 echaron a rodar el primer número. Y la aventura de la primera época terminó en 1949. Allá Pablo sobresalió desde el origen. En su poesía primera ya asomaba la calentura de la noche que pasaba como una procesión. Y Siempre y en todo momento ese filifí andaluz, barroquizante y de vocación honda, donde la poesía alcanzaba una tensa expresión entre lo celebratorio y la culpa. Eran hondamente paganos y vivamente católicos. Tan verdadero les era lo carnal como el arrepentimiento. Fueron, de otro modo, devotos de la alegría cuando en este país ser distinto era un boleto de condena. Juntos formaban un puntal de resistencia poética y vital en un Mundo de naftalina cainita. Por un buen tiempo tuvieron por horizonte y frontera la Córdoba de todos ellos, casi una condición de grupo furtiva O bien secreta, Hasta el momento en que en los años setenta Guillermo Carnero (referente del conjunto novísimo) rescató del silencio a los poetas de ‘Cántico’ en un revelador ensayo publicado en Editora Nacional.

Ahí estaba Pablo, pletórico de imagen y de misterio. Había publicado ya libros luminosos, sensoriales, sensitivos, plenos de autenticidad y temblores: ‘Rumor oculto’ (1946), ‘Viejo muchacho’ (1950), ‘Junio’ (1957), ‘Óleo’ (1958)… Es el poeta total y mágico de ‘Cántico’, de su generación, de la nuestra. Porque en el momento de leerlo, de escucharlo, es irremediablemente Maestro del lenguaje exigente, comunicativo, de una transparencia que se despliega al fondo. “Sabíamos que un soplo…Y que no volvería/ aquel vino Nunca a Empapar nuestro labios./ Confusamente turbia tiendo la mano ahora/ cara la puerta, arcano, tarot, encantamiento,/ y allá encuentro tu mano entreabriendo el recuerdo”.

Vinieron más libros: ‘Antes que el tiempo acabe’ (1978), ‘Fieles guirnaldas fugitivas’ (1990)… Y entonces sí, los reconocimientos: Premio Príncipe de Asturias, Hijo Predilecto de Andalucía, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el García Lorca del Ayuntamiento de Granada… Alén de este ajuar, Pablo es un Profesor de heterodoxia, de suavidad rebelde. Un romano de espíritu con modales de poeta fulgurante. La lección de su poesía echa cabos a Góngora, a Juan Ramón Jiménez, a Cernuda. El clasicismo esteticista de parte de su escritura tiene vibrando al fondo la condición de lo nuevo. De lo que Sólo se puede decir a su forma. Le gustaba decir que su poesía era más valiente que él. En ella habita un buscador desaforado del placer hasta el final mismo del pecado. Una turbación que es canto último y heterodoxia. Tal vez Por eso También Pablo es un poeta creciente. La modernidad de sus poemas es sugerente y cierta.

Cuando publicó el último de sus libros de poemas, ‘Campos Elíseos’, Pablo estaba ya en ese lugar de las claridades que la edad concede a algunos seres. No eran Exactamente versos de despedida, Mas sí de un cierto reposo, de ánimo macerado. Más específicos. De nuevo más cerca de la realidad palpable, sin arrinconar el surco de la intimidad que ha sido parte de su voltaje. Supo desde pronto que en la vida no hay más solución que sublimar O bien, Por lo menos, que buscar el punto de luz de lo inesperado, ese repente de la belleza. Su rebeldía fue ser él mismo, con la anchura de los que saben de su verdad y no desdeñan la ironía.

Pocos poetas de tan generosa lección como él, con su incansable reivindicación de los sentidos. Elegíaco, meditativo, hímnico de otro modo, romano Siempre. Moderno sin provocarlo. “Buscando la taberna más recóndita/,el mercenario abrazo furtivo, como entonces,/ bajaré hasta tu plaza esta noche sin luna y sin presagios./ Allá donde medra el naranjo y está el banco/ en que tú la esperaste”.

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