Fingidor Y Cierto. Extraño Y Profundo

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Aquel hombre de usos y hechuras presuntamente normales, gafas de montura fina, bigote delgado tirando a inglés, nariz fuerte y tabaco negro está catalogado como uno de los escritores más raros de la literatura del siglo XX. Fernando Pessoa (1888-1935) es un tipo común por fuera y de enigma por dentro. Hizo de la escritura su covacha, su tablero de convulsiones, el motor de su extravagancia. Escribió como muchos escritores juntos. Como mucha gente distinta. Levantó a pulso vidas de ficción a las que dotó de obra propia. Son sus heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares, Vicente Guedes… Todos venían de él, Pero no todos eran lo mismo. Fernando Pessoa es un arca lleno de gente. Él lo dijo mejor que absolutamente nadie: “Vivir es ser otro”.

El título es seco: ‘Cuentos’.

Escribió poemas, armó gacetas literarias (Orpheu, entre ellas), acumuló miles y miles de folios (muchos fulgurantes, como los del Libro del desasosiego) y en medio de esa marabunta caducifolia hubo También novelas cortas y cuentos. Muchos cuentos (O bien retales El día de hoy ‘recosidos’). Entre ellos, el conjunto que reúne la editorial Páginas de Espuma en edición del poeta y traductor Manuel Moya. La mayor parte de ellos, inéditos en castellano. El título es seco: ‘Cuentos’. Y el contenido sostiene esa molécula de asombro que impulsa todo lo que Pessoa perpetró en literatura. “Fue un hombre de mirada caleidoscópica al que, por carácter, le interesaba más la busca por la búsqueda que el hallazgo feliz, y prefería emborronar papeles que su fijación impresa. Siendo un personaje inequívocamente singular, sus intereses fluctuaban con frecuencia, de modo que de las decenas de proyectos de escritura que dejó escritos (ciertos de los que incumben a sus relatos) no cumplió ninguno O bien casi ninguno”, explica Moya. La temática de sus cuentos es poliédrica, desmontando una imagen que se había formado del autor como persona solitaria y alejada de la realidad, En tanto que en múltiples textos reflexiona sobre el contexto histórico y el devenir de Portugal y Europa a principios del siglo XX.

Educado en inglés, extranjero en África, extranjero en Lisboa al retornar de vacaciones con su madre para ya quedarse, Pessoa es más que nada (y más que absolutamente nadie) un lisboeta de la Baixa. En ese perímetro de pocas calles refuerza la vibración intelectual que lo lleva del clasicismo a la vanguardia, de la timidez al esoterismo, del sebastiasnismo a la construcción de mundos improbables que Sólo él fue capaz de inaugurar como ciertos. En vida publicó un libro de poemas en inglés y otro de sonetos. Todo lo demás quedó inédito, incluido (casi) su amor con Ofélia Queirós, a quien conoció en 1920 y fue destinataria de cartas encantadoramente ridículas. La cosa no funcionó Porque Fernando Pessoa no aceptó tener una vida “tributable”. Hacerse hombre de provecho. Gente de orden. Esposo y padre ejemplar. No aceptó separarse de la literatura ni de sus mundos interiores. Pessoa bebía no como una esponja, sino como una tienda de esponjas con almacén y todo.

¿Y los cuentos del más enigmático de los versistas portugueses? “El autor de Mensaje no fue un cuentista al empleo, por más que A lo largo de su vida reincida en ellos”, sostiene Manuel Moya. En sus años ingleses fue lector de Dickens, Conan Doyle, Chesterton y Arthur Morrison. Mas fue la lectura del estadounidense Edgar Allan Poe la que le abrió las compuertas de otra percepción. “Ese hallazgo lo derivó hacia una concepción artística donde sobresalen los elementos oníricos, filosóficos, sociológicos y oscuros de la ficción”, apunta Moya.

Su pieza más conocida, de 1922, es El banquero anarquista. Un relato memorable, un juego de paradojas donde un individuo se desdobla en 2 posibles, el banquero y el anarquista, con la sed de libertad en medio de la ‘confusión’ y con la advertencia sobre los peligros y perversiones que esconde la democracia. Es Tal vez su cima narrativa, sin descontarle ese saldo a otras ficciones que participan de la proclama de las vanguardias, como El camino del olvido, El caso del falso sargento, La trinchera O bien Cacería. O que se convierten en ‘bandos’ emocionales de esoterismo: El peregrino, La hora del Demonio, La perversión de lo lejano… Es el Pessoa cabalístico, teosófico y astrólogo que llega a corregir al mago Aleister Crowley.

En medio de esa galáxia caótica y plural, de espiritistas y seres que Solo adquieren contorno en un pliegue del cerebro, Pessoa, traductor de cartas comerciales en las oficinas de Lavado y de Mayer, mantuvo la sana cordura de escribir con la cabeza en su sitio. Siempre y en toda circunstancia rondando la locura que habitó a sus tías, Pero Siempre y en todo momento con la puerta del hipotálamo abierta para la fuga. De ahí sus cuentos de raciocinio como antídoto contra el delirio.

El de Aquí es un escritor distinto. “Si tienen la verdad, ¡guárdensela!”, decía. Llevó con distinguida elegancia y a cuestas su tristeza. Alcohólico y existencialista. Poderoso y frágil. Fingidor y cierto. Extraño y profundo. Todavía por descubrir en su grandeza. De ahí que estos cuentos suman, Pues todo en Pessoa sostiene la condición de un sueño volado, de un algo imposible que sucedió Aquí cerca.

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