La Baza Del Lector

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Los escritores, consagrados O bien no, harían bien en asistir de cuando en cuando a los clubes de lectura, no como de costumbre a perorar de lo suyo, sino más bien a oír, calladitos en una esquina, los comentarios razonados de los lectores y, de paso, a tomar nota de De qué forma estos diseccionan, analizan, Sufren O disfrutan los textos que otros escribieron.

Tampoco estaría de más que acompañasen a los escritores los críticos de oficio Para que tratasen asimismo de entender la manera como los destinatarios naturales de los libros se enfrentan a estos con determinadas expectativas, criterios dispares de interpretación y hábitos de lectura que no son en modo alguno desdeñables, Si bien esta clase de opinantes Acaso no se exprese con terminología académica. Abrigo el presentimiento de que escritores y críticos obtendrían de las reflexiones en voz alta de los lectores provecho abundante para sus respectivos trabajos.

En ocasiones son tales las divergencias de gusto Y también interpretación que uno está tentado de meditar que los participantes en el debate no han leído El mismo libro. Idénticas palabras en idéntico orden suscitan reacciones a menudo opuestas. Es cosa común que un lector se haya entusiasmado con lo que un segundo aborreció y a otro más allí le ocasionó indiferencia. Bien examinado, todos tienen razón, claro que Cada uno de ellos conforme a su perspectiva particular, lo mismo el que se aprestó a la relectura inmediata por el afán de reiterar un placer que el que, irritado O bien aburrido, no logró sobrepasar las primeras veinte páginas.

Ciertas aserciones lanzadas con tirachinas bucal, si no vienen acompañadas de argumentación, son irrebatibles, como no ignora el ventajista de pro, y se pueden aplicar con mejor O peor puntería a cualquier escrito sin excluir las obras maestras. De esta manera, Por poner un ejemplo, tildar de cursi un poema O afirmar, a la forma de quien revienta cohetes, que una novela, no importa cuál, es maniquea; sus personajes son planos y el número de sus páginas, excesivo. Estos veredictos de goma lo mismo valen para un criminal que para un santo. Claro que si la rueda de contertulios secunda en masa O bien calla corroborante, la sentencia sin apoyo de pruebas, pelada de razones, sentará Al menos por una tarde jurisprudencia literaria.

Al margen de como se redacte y se presente, un texto no es nada Mientras que sus múltiples componentes no sean desentrañados en psiques lúcidas. La sustancia narrativa de una novela no está por Así decir encerrada en las hojas de un libro ni en la pantalla de un dispositivo de lectura, sino más bien gracias a estos artilugios en la conciencia donde dicho texto activa su significación y se expone a ser traducido a emociones. La lectura no consiste, Pues, tan Solo en un acto de desciframiento. También es, inevitablemente, experiencia subjetiva desde un conjunto de estímulos.

He visto denigrar una obra de ficción, no mal escrita a mi comprender, Porque el protagonista estaba caracterizado con rasgos repulsivos. Era un tipo que mortificaba a la esposa, golpeaba a los hijos. Entonces el desenlace no le deparaba castigo alguno. A mí, en viejos tiempos, metido en peleas dialécticas, me sacaba de quicio la sentimentalización de la lectura. Un día comprendí que esta variante de la repercusión literaria no Solo es lícita y provechosa e intensa y placentera, sino que los libros me dejaban mayor huella cuando incurría en la ilusión de creérmelos en lugar de dedicar esfuerzo intelectual a confundir la lectura con la autopsia de la lengua, el estilo y la estructura.

Me faltan dedos en las manos para contar las veces que a un contertulio se le hincharon las venas del cuello Porque el autor de la obra comentada era de derechas O bien era de izquierdas, Por el hecho de que el libro rebasaba las setecientas páginas de letra diminuta O bien Por el hecho de que el desenlace de la historia no era el deseado. En vano exploraremos el ancho Planeta en busca de un lector objetivo.

No existen lecturas de calidad que merezcan el calificativo de neutrales. Cada Como acude a los libros con su experiencia vital, su conocimiento de los temas humanos, sus gustos y predilecciones, sus dudas y certezas, sus manías y convencimientos. Una lectura implica un reflejo de signos en una superficie de subjetividad, en la cual Asimismo incide un haz de connotaciones, prejuicios y cualesquiera adherencias personales que se nos ocurran. Como nos caiga mal un autor, ya va a poder hacer maravillas literarias que no nos arrancará un elogio ni Aunque nos lo suplique de rodillas.

Pensemos en un enunciado sencillo: El gato se lamía la pata. Dudo que oponga resistencia intelectiva al lector adulto conocedor de la lengua española. Si un instrumento apto para dar forma gráfica a los contenidos del cerebro humano nos permitiera observar el gato imaginado por mil lectores de la frase en cuestión, no encontraríamos 2 felinos iguales. Veríamos gatos de Todas y cada una de las razas y colores en escenarios que cada lector habría evocado a voluntad O Quizás impelido por alguna fuerza oculta de su subconsciente.

La pantalla interior donde se proyecta el sentido otorgado por los lectores a un sistema de signos También varía en uno mismo con el curso de los años. Alberto Manguel atribuye acertadamente una propiedad acumulativa al ejercicio de la lectura. Uno lee condicionado Con lo que ha leído con anterioridad. Juzgo improbable que el lector que éramos a los quince años continúe dictándonos nuestros gustos, intereses y preferencias al cabo de las décadas. Ya no es Sólo que hayamos alterado como personas, ganando en experiencia lo que Quizá perdemos en salud, sino que unos libros nos llevan por fuerza a otros y unos libros anulan a otros, O bien los iluminan por flancos hasta entonces desconocidos, O estimulan en nosotros la capacitación de un paladar literario del cual antes carecíamos.

Para comprobarlo no hay como practicar la relectura. El libro aquel que antaño fue para nosotros de cabecera, el que ojeábamos una y otra vez con la convicción del deleite seguro, Hoy nos parece punto menos que una muestra de escritura insustancial y prácticamente nos da vergüenza confesar en el corro de contertulios que un día lo tuvimos por lo más grande que habían dado hasta la fecha las letras universales. ¿A qué lector asiduo no le ha sucedido que halle de pronto gusto en la novela que tiempo atrás lo aburrió a muerte O se emocione con los versos de aquel poeta al que de joven no lograba sacar jugo? Me da a mí que al escritor, para prosperar, para no sucumbir al craso error de pensar que lo sabe todo, le convendría conocer a fondo las maneras incontables como los libros llegan a repercutir en la dimensión íntima de quienes los leen. Igual de válido es el consejo para aquellos que tienen por oficio el juicio crítico.

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