Madurez De Ángel Crespo

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La base del multiforme don poético de Ángel Crespo no Sólo radicaba en su potente talento y en su abnegada capacidad de trabajo, en la inmensa cultura que adquirió y propagó (venero de su hondo humanismo), en el férreo dato de que no se cansaba Nunca ni aplicaba pereza a su actividad intelectual (y física, Pues su dote artística compaginaba una rústica talla y rudas manos de campesino que se afanaban sin empacho en remover la tierra). Con todo, su genio procedía Especialmente del contacto que mantuvo desde muy chico con los elementos naturales que le rodeaban, viviendo intensamente la experiencia del campo de Alcolea de Calatrava, donde la familia poseía un quinto en el paraje Cuesta del Jaral, idílico lugar ciudadrealeño muy cercano a la capital, donde Crespo había natural de 1926, y en el que de pequeño, mozalbete y joven ya siendo consciente de su destino, pasaba largas temporadas prolongando una muy fructífera observación del entorno.

D En la biografía que escribí sobre el poeta y que el año pasado publicó Almud Ediciones, refiero que Ángel Crespo poseía de pequeño la rara habilidad de atrapar con la mano a los pájaros que bajaban a tierra a picotear en la hierba, y a continuación trascribo el comentario del poeta sobre este hecho: «La guardesa de la Cuesta del Jaral, que se llamaba Casilda, se empeñó en que yo podía hacer eso Pues debía de tener la Cruz de Caravaca en el cielo de la boca. Pero no era verdad. Lo que sucedía es que me crié un poco salvaje y, como buen salvaje, empecé a ver en los animales y en las plantas una vida que no veían los demás». Esta afición por la vida silvestre se incrementó con las lecturas infantiles que Angelín, De esta forma se le llamaba, hacía de la obra del naturalista Jean-Henri Fabre La vida de los insectos, en la que el entomólogo francés dedica mucho y ameno espacio relatando las peripecias de los escarabajos en los trajines de arrastrar la bola alimenticia. La temprana asimilación de estos sugerentes y reveladores textos de Fabre fue transformada tiempo después, A través de una límpida asunción, en ciertos de los trechos de su emblemático poema «Tiempo en la Cuesta del Jaral», redactado en los años 60: «Bajo los cobertizos, entre el ala inquieta de la gallina, ha caído un escarabajo acosado por la lluvia. Lleva entre las pinzas el olor maternal de los estiércoles». Los poemas de Crespo que abren definitoriamente el camino de su rica singladura poética, contenidos en su primer libro Una lengua emerge, publicado en Urbe Real en 1950 por el Instituto de Estudios Manchegos, están completamente dedicados a interpretar esa tierra «sagrada», poblada de paisaje y paisanaje, donde el futuro gran poeta se crió y abrió espectacularmente los ojos a un Mundo que Siempre y en toda circunstancia tuvo como su orbe predilecto y con el que en todo instante anduvo dialogando: “Todas las cosas tienen / ojos para mirarnos, / lengua para decirnos, / dientes para mordernos. / Vamos andando

igual que si nadie nos viese, / Pero las cosas nos están mirando».

La poesía de Ángel Crespo —toda ella publicada en tres volúmenes por la Fundación Jorge Guillén de Valladolid poco después de su fallecimiento acaecido en 1995 en Barcelona— se puede dividir grosso modo en tres amplias etapas, muy bien representadas en Cada uno de ellos de esos tomos de su poesía completa. La primera, Hasta el momento en que el poeta marcha de Profesor a Puerto Rico, residiendo prácticamente veinte años en esa isla caribeña, está dominada por un realismo mágico, corriente que él mismo fundó, donde la descripción de la realidad conlleva unas fugas muy imaginativas que otorgan la más apreciable entidad y autonomía al poema. Una segunda etapa tiene un carácter que deja exhibir un culturalismo humanista, pleno de referencias a las ciudades, edificios, emblemas artísticos O bien definidores paisajes que trasegaba. Y una última, por fin, donde un afán de conocimiento, que no es, claro, pretensión de saber enciclopédico sino más bien proceder metafísico, interpreta a la Naturaleza de un modo más esencial que descriptivo, ateniéndose a símbolos, a analogías, a confrontaciones numéricas Incluso. La primera proyección de esa última etapa en la poética de Crespo debe hallarse en el libro El ave en su aire, libro de libros, Por otra parte, que comprende poemas y aforismos; irradian estos últimos insólitos mensajes sumamente atractivos: «La poesía es como una aguja en un pajar. Cuando el poeta, por fin, la encuentra, la esconde otra vez entre la paja».

D En el área de ese libro, nos llega ahora una entrega deliciosa que rescata una comparecencia del 27 de octubre de 1986 en la que Ángel Crespo, dentro del madrileño Círculo de Preciosas Artes, leyó, comentándolos, algunos poemas sobremanera representativos de El ave en su aire, que acababa de publicarse. El propio Círculo de Bellas Artes ha editado este libro con el título Deseo de no olvidar (por su parte de uno de los poemas), adjuntando un CD con la voz del poeta recitando sus versos y haciendo las útiles apostillas a los mismos. Cien páginas que engloban los textos poéticos que el poeta desveló en aquella reunión, más una selección de sus Respuestas en el coloquio posterior a la lectura y que no recoge el CD; verbigracia: «la realidad que trato de plasmar no es la realidad aparente, sino esa realidad que hay más allá, Digamos, de la superficie primera de las cosas». A esto se suma una pulcra presentación escrita por su viuda Pilar Gómez Bedate y un enfático estudio panorámico de la profesora Soledad González Ródenas, quien apunta atinadamente que la poesía del homenajeado «se desarrolla en el ámbito de la indagación y en el intento de constatar A través de esta la existencia de una realidad suprasensible de orden sagrado, espiritual O mágico, cuyo único medio de acceso es el conocimiento profundo de la realidad inmediata». Al recordar ahora estos poemas, vemos De qué forma la Naturaleza Jamás ha abandonado a Ángel Crespo, siendo el gran tema y esa referencia habitual de la que está inoculada su obra poética. En ese tiempo fue su poesía, como él antepone, «ante todo un medio de conocimiento», para enseguida matizar: «De conocimiento, Pero no de formulación de imposibles certezas»; por esa razón, su poética de entonces acudía tanto al símbolo que, Conforme su afirmación, es interpretable en parte verbal y en parte inefablemente, de ahí que el símbolo sea «apenas comunicable». En todo caso, el símbolo Siempre y en todo momento está doblegado al orden de la Naturaleza: «A la hora

del crepúsculo / más evidente luz y oscuridad / se me hacen —y más claro / aúlla el can, ladra el lobo, / a la hora que no es de la golondrina / ni Todavía de la lechuza». Realmente en estos poemas Ángel Crespo logra no Sólo un dominio gnóstico sino más bien un efecto musical conjugado en ese «tempo» conceptual por el que los versos discurren. Otra cosa que los lectores notamos al releer estos poemas es que, como afirma su mujer en el jugoso texto introductorio, el poeta, dirija su mira al esoterismo, al culturalismo O bien a la alógica surrealista (que También cultivó), Siempre y en todo momento la factura de sus textos está elaborada con un «realismo minucioso y eficaz». Resaltemos, por fin, el interesante apartado «Recapitulaciones y precisiones» de este oportuno Deseo de no olvidardonde el propio Crespo puntualiza sus opiniones sobre el exilio, sobre la permanente validez de la poesía, sobre el poeta-Maestro, sobre las generaciones literarias y otros epígrafes, suculentos frutos de su experiencia explayados en el coloquio que, como se ha dicho, se celebró para concluir este esencial evento del que Hoy gozamos Mediante un tiempo que se nos sucede con extremada frescura.

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