Profecías (1984, 2018, 2018)

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Recuerdo que cuando el calendario nos introdujo en 1984 ciertos nos preguntamos qué se había cumplido y qué no de las visiones descritas por George Orwell en la novela que llevaba por título ese año. El balance era desigual. Por un lado parecía relajarse el clima de la guerra fría que había marcado, 3 décadas ya antes, la escritura del texto. En verdad, poco después, caería el muro de Berlín y, oficialmente, se daría por terminada una etapa nacida en la Segunda Guerra Mundial. Como le sucedía a Un Planeta feliz, de Aldous Huxley, 1984 estaba absolutamente moldeado por el terror al totalitarismo que se había despertado en muchos escritores tras descubrir la deriva sanguinaria del estalinismo. El mismo Orwell había experimentado en carne propia esta amarga revelación A lo largo de su estancia en España como combatiente republicano en la contienda civil. Al llegar el año 1984 el Planeta parecía alejarse velozmente del fantasma comunista profetizado por Marx y convertido por Stalin en un carnicero.

Los ejércitos y policías habían generado mecanismos de control sin precedentes.

Por otro lado, Sin embargo, una vertiente fundamental de las advertencias de Orwell sí estaba plenamente en vigor. El poder operativo del Gran Hermano crecía sin cesar, en gran parte gracias al descomunal esmero de vigilancia y tutela universales que significó la guerra fría. Los ejércitos y policías habían generado mecanismos de control sin precedentes. Con todo, en el año 1984, Todavía no éramos capaces de imaginar la sofisticación que adquiriría el ojo orwelliano a principios del siglo XXI. Si entonces se nos hubiera sugerido que entrábamos en una existencia atravesada por miles de cámaras que espiarían todos nuestros pasos, habríamos considerado tal hecho como un totalitarismo peor que el expuesto por Orwell y Huxley. No intuíamos en absoluto que al llegar el año 2012 nuestras vidas estarían controladas con tanta minuciosidad como lo están, no Solo por imposición exterior —como preveía Orwell— sino más bien por concesión propia, voluntariamente expuesta nuestra intimidad A través de artefactos y sistemas de comunicación apenas vislumbrados por la ficción. Resulta elocuente que ni Internet ni el teléfono móvil fueran Verdaderamente esbozados, como testigos del futuro, por los escritores-profetas. El siniestro programa televisivo Gran Hermano —de origen holandés, creo, y de perdurable éxito en multitud de países— no deja de ser un negro homenaje a la perspicacia de Orwell.

Cuando el calendario nos introdujo en el año 2001 ciertos nos acordamos de la película de Stanley Kubrick basada en el relato de Arthur C. Clarke. También en este caso era fascinante calibrar por dónde habían ido los aciertos y los desaciertos. Lo más llamativo era el progresivo desinterés popular por la carrera espacial. 2001. Una odisea del espacio había sido rodada bajo el influjo de las grandes aventuras de los años sesenta. El vuelo de Yuri Gagarin no quedaba lejos y la llegada a la Luna del primer hombre era una imagen familiar. Como Ulises, en la obra de Homero, el héroe moderno se lanzaba a un periplo lleno de expectativas y riesgos. Pero, al llegar la fecha que daba título a la célebre película, la pasión por el viaje espacial se había enfriado notablemente. La humanidad, más ensimismada, comprendía mejor la travesía del cuerpo humano que la del cosmos. La genética O la medicina neurológica han sustituido a la astrofísica en las preferencias de los espíritus inquietos, no demasiado Numerosos y bastante acobardados ante la indiferencia general. En 2012 resulta difícil hallar jóvenes que muestren un mínimo interés por los viajes espaciales.

Es probable, en cambio, que esos mismos jóvenes, si tienen la paciencia de adentrarse en la película de Kubrick, sientan mayor curiosidad por el destino del computador Hal, y casi encuentren natural que este, sin conformarse con su frío mecanicismo, tenga emociones y sentimiento. Después de todo en 2012 ya habitamos un Mundo en que muchos otorgan más realidad al ámbito virtual que a lo que Clarke y Kubrick, en su temporada, hubiesen considerado perteneciente a la esfera de lo real. Acá sí hubo una fuerte intuición del porvenir, menor, no obstante, a la demostrada por Ray Bradbury en El hombre ilustrado, conjunto de cuentos en los que se escenifica, sobre todo en el denominado ‘La pradera’, una auténtica inversión, a través del poderío de las pantallas, entre realidad y virtualidad.

Resulta elocuente que ni Internet ni el móvil fueran Verdaderamente esbozados, como testigos del futuro, por los escritores-profetas

Tras dejar atrás estas fechas simbólicas ya falta poco para lograr 2019, el año señalado en Blade Runner, con su metrópoli en el frágil equilibrio de lo complejo y lo apocalíptico. Cuando llegue ese año También se discutirá sobre lo que se cumple y no se cumple en la película de Ridley Scott y en la narración ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, que le sirve de base. Siete años antes, en 2012, ya podemos presagiar algunos resultados de la futura discusión. A la perspectiva espacial de Blade Runner le va a ocurrir lo mismo que a 2001. Una odisea del espacio. Es bastante difícil que el público de 2019, Con lo que ahora podemos revisar, se conmueva con los recuerdos de los replicantes cuando rozaron Orión O cruzaron las puertas de Tanhäuser. Solo algunos espectadores selectos —que van a ser considerados extravagantes— participarán de la delicia que es el monólogo final de Roy, del mismo modo que casi nadie, Hoy, quiere entrar en la metáfora nietzscheana compuesta por Kubrick para el desenlace de su película.

No obstante, el Blade Runner interiorizado en una ciudad tenebrosa en la que el hombre experimenta sus límites biológicos y en la que el sentido de la libertad está dramáticamente sometido a la eficacia del espectáculo, ese decorado abstracto y barroco al tiempo, ese Planeta claustrofóbico sí puede despertar adhesión y complicidad en públicos amplios. Nuestro escenario no está en lo más mínimo lejos de lo que puede ser el de 2019, Aun en su dimensión desesperanzada y apocalíptica, tras el abandono de las utopías.

1984, 2001, 2019: las profecías no se cumplen. Aunque en cierto sentido sí se cumplen, y marcan nuestros días.

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