Somos Un País De Supersticiosos

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Somos Un País De Supersticiosos

Nada peor que ser supersticioso y trabajar en una fábrica de espéculos, una tienda de paraguas… O en Deloitte Touche. Los atentados del ??-S destruyeron las Torres Gemelas y, con ellas, la sede neoyorquina de la empresa. El pasado ?Dos de febrero, el fuego consumía, con el resto del edificio Windsor, sus cuarteles generales en Madrid. Para una psique aficionada a extraer causas de las casualidades, sobran indicios para sospechar que el gigante auditor es pelín gafe. Si a esto sumamos que, poco Más tarde, al incinerado edificio le aparecía un fantasma gentileza de la parapsicóloga María Rosa Vicente —según ella, una silueta vista entre las llamas podía ser “el rastro energético que alguien hubiera dejado allí en un instante de tensión”—, tenemos que, para muchos, Aún Hoy, es más simple pensar en la mala sombra que en la casualidad y en lo sobrenatural ya antes que en la carne, el hueso y los trajes ignífugos.

Y es que “Aquí todo el Mundo es supersticioso, incluidos los que afirman no serlo”, sentencia Pedro Pablo García May, que acaba de publicar la novela Demonios familiares (Minotauro). Ya lo dijo Carlos Sainz: “No soy supersticioso, Mas los gatos negros no me han agradado Nunca”. Para que nos entendamos, ser supersticioso es pensar que a una acción O bien circunstancia específica (Por ejemplo, tirar sal sin estimar) Proseguirá un resultado (mala suerte) sin que exista relación causa-efecto objetiva entre ambos hechos. Vamos: es creer en la magia.

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Una excelente investigación realizada por el sociólogo Andrés Canteras Murillo y el Injuve titulada Sentido, valores y opiniones en los jóvenes, resulta más que útil para tomarle el pulso a nuestra capacidad para pensar en lo mágico y lo misterioso. Para empezar, que 6 de cada ?0 encuestados manifiesten su disposición a creer en algo cuando siete de cada ?0 le conceden poca O ninguna importancia a la religión, no es que diga mucho, es que lo vocea: “La razón se ha impuesto a la fe, Mas no ha eclipsado el misterio”, sintetiza Canteras. El estudio prueba, Además, que nuestra principal fábrica de opiniones ya no está en la Iglesia y su doctrina, sino más bien en uno mismo. Podría decirse que creemos Pues deseamos y ponemos nuestra fe donde más nos renta, Por ejemplo, en la intuición (el 6?% de los jóvenes confía más en ella que en su racionalidad).

Para colmo, estamos marcados por el sentido de lo práctico y lo urgente. Que más de la mitad de los encuestados (55%) no esté presto a opinar en nada que no le resuelva Problemas específicos quiere decir que en los fogones de nuestro espíritu Solo tiene cabida la cocina rápida. Y en ese menú cabe prácticamente todo. La versión modernizada del clásico decirse muy religioso y ser enfermizamente supersticioso a la vez —estilo Pavarotti, capaz de declarar sin rubor que “si alguien entrara a mi camerino y me dijera que tocase algo Porque De este modo voy a tener éxito, y ese algo huele a caca, yo lo tocaría”— consiste en considerarse católico y tener veleidades esotéricas sin reparar en la contradicción. De este género de opiniones participa nada menos que el 59,2% de los jóvenes y una tercera parte utiliza técnicas O bien herramientas esotéricas como el tarot, el péndulo, la ouija, los cristales… Entre las opiniones más generalizadas: el destino (36%), los ovnis y los extraterrestres (25%), las comunicaciones con espíritus y el horóscopo (las dos con un ?9% de afiliación). Las combinaciones de elementos son infinitas. Un caso que da medida de este revoltillo trascendental es el de la actriz Lorena Bernal, capaz de asegurar de una tacada que a) no es supersticiosa; b) no cree en la suerte; c) cree en el destino; y d) cree “en una fuerza importante en los astros, que nos afecta a los seres humanos”.

¿Puede reiterar?

Los expertos consultados coinciden en que, en la España actual, la superstición goza de estupenda salud. Se apunta que vivimos inmersos en un proceso de creciente adhesión a una especie de sincretismo a medida, un mix de cuño propio que incluye rituales de cultos diversos, saberes (e ignorancias) esotéricos y un catálogo cada vez más variado y exótico de supersticiones de andar por casa. Los españoles, Mas sobre todo los jóvenes españoles, se han convertido en Djs de su propia espiritualidad. De ahí que, a la hora de creer en algo, se inclinen por “conocer diferentes creencias y quedarse con lo mejor de cada una de ellas” (66%). Pura filosofía Ikea: Redecora tu Ánima. Pero… ¿a qué tenemos Exactamente miedo los españoles? Consuelo Valero de Castro, autora de Magia, hechicería y supersticiones de la Historia y buena conocedora de la España mágica, recuerda una encuesta realizada en nuestro país en la década de los ochenta y Según la cual, “el número de bodas en los días ?Lectura era un 60% inferior al de los otros días del mes y si Además de esto ese día caía en martes, el porcentaje se elevaba al 85%”. Que comportamientos como este disfrutan de excelente salud Aún Hoy, Mientras que opiniones importadas —y ciertas no tan inocuas— ganan Asimismo terreno, es evidente para esta estudiosa: “Al principio del milenio se produjo una auténtica explosión. A nuestras supersticiones de Siempre y en todo momento se sumaron otras foráneas. Creo que está relacionado con el hecho de vivir en una sociedad muy materialista y la gente inventa fórmulas para evadirse de ello”. En efecto, confirma Jean-Claude Schmitt, director de estudios de la École de Hautes Études en Sciences Sociales de París: Los gabinetes espiritistas y demás consultas exóticas proliferan en el corazón de las grandes ciudades en contestación al desarraigo y al miedo de tantos. La Sociedad De España de Parapsicología ha cifrado en algo más de ?.000 millones de euros el gasto anual de los españoles Sólo en adivinos y videntes, lo que viene a probar que la superstición es la mar de rentable para quien se decide a explotarla, sobre todo desde que en ?989 se derogase la ley que hasta entonces perseguía a quienes, “por interés O lucro, interpretasen sueños, hicieren pronósticos O bien adivinaciones, O abusasen de la credulidad pública de manera semejante”.

Temor a más de lo mismo. Basta una lectura veloz de Supersticiones españolas, de José Augusto Sánchez, para darse cuenta de que, tradicionalmente, buena parte de nuestros rituales supersticiosos (y son cientos) han pivotado sobre 3 ejes: sortear la muerte, ahuyentar la pobreza y espantar la soledad. O bien, dicho de otra forma, invocar la famosa tríada salud, dinero y amor. No obstante, en el hit parade de nuestros más íntimos terrores despunta con rotundidad un concepto tan subjetivo como universal: la fortuna. De ahí que una significativa cantidad de las supersticiones que recoge Sánchez Pérez y Asimismo de las que circulan en pleno 2005, la tengan como indiscutible protagonista. No hay que irse a ningún rincón perdido del mapa de carreteras para dar con ellas. “Hice todos los exámenes de la carrera de ingeniero —y eran 6 años— con El mismo traje. Ahora, cuando me va bien con un usuario, empleo Siempre en las siguientes reuniones con él alguna prenda que llevase en la primera reunión”, explica un empresario madrileño. “Siempre y en todo momento empiezo a vestirme por el lado derecho (tanto calcetines y zapatos como las perneras del pantalón y las mangas)”, asevera una profesional de la comunicación. “Cuando juego un campeonato de baloncesto, intento hacerlo con el número cuatro”, confiesa el director de una sucursal bancaria. “Jamás digo que mi vehículo va de maravilla. Seguro que si lo hago, se me estropea”, relata la gerente de un complejo turístico.

Este género de opiniones perviven De esta manera en una sociedad supuestamente inmersa en pleno mogollón tecnológico. Si bien Es verdad que no llegamos a los extremos de los nigerianos —una parte de los que cree que si te llaman al móvil desde determinados números y descuelgas, puedes Morir al instante—, no hay más que padecer las cadenas de la fortuna que circulan a través del e-mail (“envía este mensaje a ?0 personas. Si no lo haces, caerá sobre ti una gran desgracia, etcétera”) para percatarse de que lo ciber no quita lo yuyu. Ya lo dice Schmitt: “Se puede tocar madera ya antes de subir a un aeroplano, Incluso sabiendo que este volará ateniéndose a las leyes de la aerodinámica”. Que se lo pregunten si no al siquiatra Claudio Pla, autor de Poder volar: De qué forma superar el temor al aeroplano (RBA). Conforme este experto, el cada vez más abultado atillo de temores que acompaña a los viajeros en sus tránsitos celestes (a uno de cada tres le asusta volar) se aligera a base de alcohol (?0%), rezos (34%) y, claro está… amuletos (7%), Por si acaso (varias generaciones de conductores acompañados por san cristóbales pegados al salpicadero de sus vehículos comprenden bien de qué hablamos). Sufrimos cuando volamos en aeroplano debido, ni más ni menos, que a La gran incertidumbre que acompaña al hecho de estar a muchos miles de metros sobre la superficie terrestre… ¡y no poder hacer nada al respecto!

Al mismo deseo de exorcizar la incertidumbre responde el hecho de que los rituales de pretensión mágica campen Hoy por sus respetos en sucesos como las bodas, los tránsitos de año, los juegos de azar (nuestra lotería se lleva la palma; casi todos los números terminados en ?3 están reservados para abonados, Por ejemplo), las pruebas académicas… Por cierto, que Conforme el psicólogo Michael Sonntag, quienes creen que cruzarse con un gato negro, derramar sal, romper un espejo… traen mala suerte, Acostumbran a obtener peores calificaciones en el SAT (examen preuniversitario de EEUU).

Una posible explicación a este hecho la proporciona el psicólogo de la Universidad de Hertfordshire (Gran Bretaña) Richard Wiseman, autor de una interesante investigación sobre la suerte y los rituales vinculados a ella. De su estudio, efectuado entre 4.000 personas, se desprende que la gente que se autopercibe desafortunada, cree, por lo general, en supersticiones relacionadas con el mal fario, como las de romper espejos, pasar Bajo una escalera O bien tener algún desafortunado encuentro con el número ?3. Por el contrario, las personas que se describen como afortunadas tienden a poner en práctica comportamientos supersticiosos diseñados para atraer la buena suerte (tocar madera, cruzar los dedos…).

En la encuesta de Wiseman, reconoció tener algún comportamiento supersticioso nada menos que el 86% de los británicos, incluido un buen número de mentes científicas (un ?5% de los encuestados formados en carreras de ciencias dijo sentirse temeroso del número ?3). El sondeo ha desvelado asimismo que la gente supersticiosa tiende a sentirse preocupada con respecto a su vida, tiene una fuerte necesidad de control y una muy baja tolerancia a la ambigüedad.

Deportistas y amuletos. La necesidad de cubrir ese déficit se aprecia de forma significativa entre los deportistas. Es famoso, Por ejemplo, que Fernando Alonso cumple rigurosamente algunos ritos izquierda/derecha en el momento de ponerse las botas O bien subirse a su Fórmula ?. Conforme el psicólogo del deporte Jaume Martí Mora, este tipo de rituales Siempre y en todo momento está “al servicio de disminuir la ansiedad que provoca la incertidumbre del resultado. Los objetos que hacen de fetiche a los deportistas, O las acciones O rituales previos a una acción que realizan, son circunstancias que, de alguna forma, sí dependen de ellos y esa sensación de control les ayuda a compensar el poco que creen tener sobre la acción deportiva”. Obtener buenos resultados no implica, como cabría imaginar, reducir la dosis de superstición. Diferentes investigaciones han revelado que, a mayor nivel de competencia, más prevalece la superstición. Ahí está para demostrarlo Sheila Herrero: ?Cinco veces campeona del Planeta, con treinta y seis títulos europeos en su haber, ganadora de 250 medallas, responsable de cuatro récords mundiales… y nada; a nuestro mito del patinaje sobre ruedas (retirada hace apenas 2 años) no había quien la apease de sus costumbres: llevar amuletos, pintarse de colores las uñas, tener un número de la suerte, detestar que se la desearan…

Buscando Respuestas. ¿Es la generalizada inseguridad que vive nuestra sociedad la que nos aboca a continuar instalados en la superstición tal y como si viviésemos en la temporada de las cavernas? El sociólogo Javier Elzo cree que sí: “Incertidumbre es el término que mejor define la presente situación de la sociedad europea. Hay muy poca gente con convicciones sólidas (fundamentales O, Por lo menos, críticamente razonadas). La mayor parte son light, superficiales, y las personas son carne de cañón de toda suerte de supersticiones, querencias, amuletos. Son, Muchas veces, signos de inseguridad, Aunque la moda Asimismo ayude”. El teólogo Juan Luis Herrero opina que la superstición es prácticamente inevitable: “El fenómeno religioso surge con el despertar de la conciencia y ésta emerge inevitablemente contaminada por la magia.

Por este motivo, este virus es tan persistente. Cuando el sentido religioso parece extinguirse, permanece Realmente como magia: las cartas, los adivinos…”. Canteras, por su parte, habla de la enorme necesidad de los jóvenes por conocer “Sobre lo sobrenatural, inefable y misterioso”. De ahí la creciente atracción por conocimientos provenientes de diferentes tradiciones religiosas y esotéricas.

Mas, a ver, en terminante… ¿es malo tener supersticiones? ¿Suponen Realmente, tal y como Hoy las vivimos una amenaza para el individuo O su comunidad? “Si el hecho de efectuar un ritual supersticioso Solo provoca unas risas sanas por una parte de los amigos, no habrá mayor inconveniente”, tranquiliza la catedrática de Sicología de la Universidad de Deusto, Helena Matute. Pero, advierte: “Cuando el hecho de estar tomando unas hierbas para prevenir una enfermedad impide que esa persona vaya al médico O bien se alimente correctamente, nos hallamos ante un caso de superstición claramente patológica. Y Hoy en día hay Todavía demasiadas supersticiones de este tipo”.

Por su parte, Jaume Martí asevera que, Por norma general, la supertición no supone ningún riesgo psicológico. “El único inconveniente es que la persona no tiene control sobre la creencia y, A veces, cuando no puede ejecutar el ritual, se sofocación, lo que puede provocar que la acción no se realice de forma conveniente y, a resultas de ello, la superstición salga reforzada”.

Por último, es conveniente rememorar con Pedro Pablo García May que muchas supersticiones son “uno de los escasos reductos de nuestra tradición popular en un Mundo empeñado en uniformizar nuestras costumbres, Aun las mágicas, A través de la globalización”. Pues nada. A defenderse de Halloween tocan.

Juan Eslava Galán

Su superstición: libros fetiche

Con su último ensayo calentito (“Una historia de la Guerra Civil que no le gustará a absolutamente nadie”, de Planeta) y a sus cincuenta y siete años, Eslava Galán no toca madera, Pero confiesa un par de entrañables debilidades extramuros de la racionalidad que le caracteriza: “Cuando escribo, Siempre y en todo momento coloco el material que me sirve de documentación sobre 3 baldas de mi estudio. El día que termino, quito de enmedio los libros que he usado y pongo los que me servirán para mi siguiente trabajo. Lo hago para conjurar el vacío y la tristeza que quedan cuando finalizas una obra”. Otra: un amuleto muy especial: “Un libro de sinónimos de cuando era escolar”.

Francis Montesinos

Su superstición: los santos

En primer lugar, los santos, sus inseparables.

En contraste a Dior, que no iba a ninguna parte sin su adivino, el Autor valenciano hace su camino sin intermediarios por el filo que separa lo racional y lo misterioso. El Universo supersticioso de Francis Montesinos es territorio privado. “Mis opiniones son muy íntimas, muy mías, el resultado de una vida”, explica. En primer lugar, los santos, sus inseparables. Curiosamente, y Si bien Carmen Alborch acostumbraba a decir “Hoy me pongo el Montesinos, que me trae suerte”, el diseñador no tiene ninguna superstición con la ropa. Respecto a los desfiles, relata que cuando le toca enfrentarse al evento, y Por si acaso, Jamás olvida encender una candela, una varita de sándalo, poner unas flores… Y sus santos, claro, “Por el hecho de que ese ritual me relaja muchísimo”, se explica.

Gervasio Deferr

Su superstición: la ducha

Menudo 2005 tiene por delante este gimnasta de veinticuatro años. Juegos del Mediterráneo, Mundiales… Mas si se cumplen unas mínimas condiciones —a saber: que nuestro bicampeón olímpico (en salto) pueda darse una ducha de agua helada, que tenga cerca las Fotografías de su novia, que pueda pisar el rincón de la pista de salto y la de suelo ya antes de vestirse y que realice su calentamiento ritual—, el éxito va a estar, si no asegurado, fijo que algo más cerca. “No soy supersticioso”, arranca Deferr; “Bueno, O a lo mejor sí”, rectifica. “Lo que Deseo decir es que yo no tengo ningún inconveniente con pasar Por debajo de una escalera, Pero lo de la ducha, pisar las pistas… son rituales exclusivamente míos. Me asisten Pues me ponen en un estado mental positivo, Por el hecho de que creo que me dan suerte”. En concreto, respecto a la obligada y gélida ducha previa comenta: “Empecé a hacerlo a los nueve años y Nunca me lo he saltado. Estoy convencido de que si no lo hago, no competiré bien. Ya sé que esto no tiene base, Pero lo importante es que a mí me activa, me centra, me pone en situación”.

Deferr no es una excepción en esto de las supersticiones pre competición, Si bien carece de los tics gestuales tan abundantes, comenta él mismo, en otros deportistas. “Es muy corriente ver a gimnastas que necesitan, ya antes de comenzar, apoyar un pie un número concreto de veces sobre el suelo, O bien tocar algo, O hacer un gesto”, explica. En este sentido, lo más que se permite él es pisar el rincón de la pista donde Más tarde hará su ejercicio y adoptar por unos segundos la posición de salida ya antes de colocarse la ropa de competición. De este modo lo hizo en Sydney y Así lo hizo en Atenas. Y Así de bien le fue.

Isabel Ordaz

Su superstición: el color amarillo

Aunque la popular “hierbas” de “Aquí no hay quien viva” sufre la alergia al amarillo que afecta a actores de todo el Mundo desde que Molière muriese en un teatro cuando iba vestido de este color, se ha dejado persuadir para posar para nosotros vestida del tono maldito. Y es que, explica, con lo del amarillo se cumple “sobre todo por tradición”. Isabel vive instalada en la magia desde que aceptara, tras haberlo rechazado En un inicio, el papel de mayor repercusión en su carrera. Ese tipo de cosas, que el destino parezca empeñado en llevarte por el camino del éxito y que al final lo consiga, explica, te hacen opinar en la suerte por muy racional y incrédulo que seas.

Como actriz y poetisa, Isabel Ordaz cree en el poder del ceremonial: “Soy muy ritualista. El teatro, que conserva tantos vínculos con lo sagrado, da temor, vas Muerto, y las ceremonias te asisten a entrar en ese Planeta que Jamás te pertenece del todo y que es el de la creación”.

Isabel cumple con las supersticiones clásicas del oficio, como la mencionada al amarillo O bien el “mierda” que se desea en sitio del “suerte”, Pero su auténtico ceremonial es de cuño personal: “Jamás voy en vehículo cuando tengo función. Una vez allí, me quedo sola en el teatro, lo observo, lo toco, lo huelo, tal y como si fuese la primera vez. Camino el escenario, entro en el camerino, salgo, camino… Y ese ritual me va calmando, Poco a poco”.

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