Varguitas, El Becario

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Los grandes poetas están en el olvido un buen tiempo. Es el silencio casi absoluto quebrado apenas por el murmullo de una lectura rápida, de una cita robada por la urgencia O bien de una mención sin relieve humano, con la somnolencia de una lección obligatoria en la jaula de un pupitre. Los grandes versistas están años enteros callados, sin rostros y sin palabras, allí lejos en el confín de los estantes de las bibliotecas. Intactas y muertas las líneas de versos que nadie toca O bien repasa.

Una noche, la vida, la historia O bien un hombre solitario O bien muchos hombres y mujeres lo necesitan y van a buscarlo tal y como si lo hubieran visto pasar el día de ayer frente a sus casas. Uno puede ser testigo de esas resurrecciones en sitios diferentes, en países distantes O próximos y en cualquier instante.

En Venezuela resucita a toda hora Juan Antonio Pérez Bonalde (Caracas, 1846 – La Guaira, 1892), un hombre que se vio obligado por asuntos políticos al destierro la mitad de su vida y escribió estos libros de poemas: ‘Vuelta a la patria’, ‘Estrofas’, ‘Ritmos’, ‘El canto del Niágara’ y ‘Flor’.

Hay una necesidad de buscarlo allá en el siglo XIX desde donde anunció el Modernismo y le cantó a su patria y al exilio sin prejuicios, con la música perfecta que traía en sus versos que suenan Todavía A fin de que los poetas contemporáneos no tengan que repetirlos y los lectores encuentren refugios y consuelos.

Traductor de Poe y Heine, Pérez Bonalde murió a los 46 años. Si no aparecen grandes reediciones es Porque quienes desean y precisan leerlo O releer sus poemas no tienen recursos, Pero a cada rato, en las publicaciones que quedan libres en el país, aparece el romántico, el gran poeta venezolano de todos y cada uno de los tiempos que se tuvo que ir Por el hecho de que, entre otras muchas cosas, escribió 2 sonetos contra un dictador. Pérez Bonalde vuelve ahora todos los días a su patria.

Viernes. Un reportero sospechoso

Era un muchacho que estaba de vacaciones y quería escribir. Tenía quince años y salía de una escuela militar. La redacción de un diario y una tropa de periodistas que esperaban los amaneceres en tabernas y burdeles baratos le mostraron en 3 meses la cara de la violencia, la vida inquietante y placentera de la bohemia y él, por cuenta propia, aprendió que se podía ganar el pan y los zapatos con el teclado de una máquina.

Se llamaba Mario Vargas Llosa. El periódico era ‘La Crónica’, de Lima, famoso por sus incendiarias reseñas policiales en el Perú de 1952.

Esa es la historia del paso del escritor, cuando era casi un niño, por el tabloide limeño contada en el libro Mario Vargas Llosa: reportero a los 15, del periodista y Profesor Juan Gargurevich. Lo termina de publicar Planeta con motivo de los setenta y nueve años del autor de ‘Conversación en La Catedral’ y ‘Pantaleón y las visitadoras’.

La investigación es rigurosa y permite conocer las primeras piezas periodísticas del peruano que en aquellas datas firmaba artículos de opinión, notas sobre salud, la cultura, el humor y comentarios burlones sobre la lucha libre.

Gargurevich sugiere que el premio nobel escribió También algunas reseñas policiales y afirmó que Carlos Ney Barrionuevo, uno de los veteranos trasnochadores de La Crónica, le aseguró que el reportero adolescente le ponía mucho color a sus textos Pues era muy imaginativo y hacía buenas descripciones.

Para el reconocido historiador del periodismo peruano el hecho de que Vargas Llosa comenzara a trabajar en ‘La Crónica’ le abrió los ojos a una carrera que sigue Aún, y También a un Mundo de la realidad nacional que no conocía, y que, gracias a su imaginación, ha convertido en novelas.

El escritor recuerda De este modo la etapa que narra Gargurevich en su libro: «Empecé a los quince años cuando mi padre me consiguió un trabajo en un diario de Lima y traté de cubrir de todo, desde crimen y deportes hasta política y obituarios».

Sábado. Sin callar ni mentir

La dictadura no halla tela para amordazar a Belkis Cuza Malé, la poeta y pintora que nació en Guantánamo hace un tiempo y vive, escribe y pinta en La Florida Para que los cubanos puedan entender mejor la belleza.

Ahí está ‘Linden Lane Magazine’, la revista que fundó con Heberto Padilla en Princeton en 1982. Y están los versos que conforman su cadena de libros, iniciada con ‘El viento en la pared’ (1962), una obra de resonancias para las que no se han inventado las aduanas de bagazo.

Los lectores creen en sus premoniciones escritas en prosa y en los secretos y revelaciones de sus libros sobre Juana Borrero, Elvis Presley y Selena. Estos versos se los dedicó a Sor Juana Inés de la Cruz: ‘Me la imagino toda de blanco,/ pintando las paredes del convento con malas palabras,/ abrumada por el calor, por los mosquitos,/ y el desierto que era su celda./ Supongo que mucho antes, había cometido un desliz/ con un caballero que por aquel tiempo/ ya era casado, Pero que reconstruía su vida de soltero/ cada vez que la besaba./ Estoy segura de que cuando él la abandonó,/ ella quiso entregar su cuerpo al Diablo’.

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